





INTRODUCCION.
Primeramente hay que decir que Chile es y ha sido una nación democrática. Por lo menos los chilenos, lo sentimos así. Sin embargo, la historia presenta un panorama general un poco diferente al consenso ciudadano y, muy en especial, al concepto de democracia total y ejemplar que siempre hemos creído de la política y de los políticos nacionales.
La intranquilidad cívica comenzó durante la guerra de la independencia como consecuencia de las diferencias que, en todos sus aspectos, existía entre los bandos encabezados por el General Jose Miguel Miguel Carrera y el General Bernardo O'Higgins.
Posteriormente, la Dictadura del General O'Higgins, entre 1817 y 1822, hasta su abdicación y exilio, en 1823, fué el comienzo de una serie de altos y bajos que, en opinión de la prensa internacional, identificaron a Chile como a un país en el que ocurre un promedio de dos irregularidades socio políticas anuales, que van desde revoluciones y golpes de estado hasta estados de sitio y revueltas populares significativas. Todo esto, entre su Independencia y el período presidencial del Mandatario actual.
Después que el Padre de la Patria desapareciera del panorama nacional, y hasta 1830, varias organizaciones mantuvieron oprimidos, de una manera u otra, a sus compatriotas por casi un año, hasta 1831, cuando Don Joaquín Prieto subió al poder permitiendo que Don Diego Portales manejara las riendas de su gobierno.
Hubo abortos de golpes militares en los años 1835, 51 y en el 59. También, se registraron serios incidentes y disturbios públicos durante los conflictos con Perú y Bolivia, en 1836, y con Argentina, en 1843, mientras que en contadas oportunidades se eliminaron graves acciones militares conectadas con este último problema, el que terminó al firmarse un tratado entregando Tierra del Fuego a los argentinos, en 1881.
En 1865 Chile siguió su inestabilidad enredándose en la guerra Hispano-Peruana, que continuó esporádicamente hasta 1869. Por supuesto que todos conocemos la Guerra del Pacífico entre el 79 y el 83. Muchos periódicos europeos y norteamericanos, muy en especial el New York Times, de los Estados Unidos, consideraron que la posición chilena, sobre este particular, era la de un país imperialista.
En 1891 el Presidente Don José Manuel Balmaceda tuvo serios enfrentamientos con el Congreso Nacional, rehusándose a aprobar el presupuesto nacional para 1891. El Mandatario declaro en efecto el del año anterior. Frente a esta situación, los políticos presionaron al Jefe del Ejecutivo organizando una revolución que llevó al poder al Capitán Jorge Montt y, finalmente, el Primer Mandatario se suicidó en Septiembre de ese año. Todo este capitulo pasó a la historia como "La Revolución del 91". Posteriormente, y por varios años, los Ministros de Estado solían reemplazarse cada dos o tres meses creando, por ende, una marcada deficiencia en el manejo del país. En 1924 los militares chilenos dieron un golpe de estado contra el Presidente Arturo Alessandri Palma, pero el dictador de turno fué destituído un año más tarde, en 1925, con otro "coup d'etait" que restauró al Poder Ejecutivo al llamado Leon de Tarapaca, como se le conocia popularmente.
Le siguió Don Emiliano Figueroa, derrocado por el General Carlos Ibañez del Campo, el que gobernó desde 1927 hasta el 31. Pero hubo otros serios intentos hasta que el señor Alessandri fuera re-elegido en 1932, para presidir Chile hasta el 38.
El General Ibañez manipuleó otro golpe militar, abortado poco antes de terminar su mandato Don Gabriel Gonzalez Videla, quién subió al poder apoyado por los Comunistas, a los que declaró fuera de la ley en 1948, con las consecutivas manifestaciones y fallidos intentos de golpe. Diferentes huelgas violentas en todos los sectores de la economía, crearon suficiente inestabilidad general hasta la elección popular del General Ibañez.
En el Chile más moderno, cerca de 1952, se registró "La Batatalla de Santiago", en la que está basado nuestro relato ocular que titulamos "Estado de Sitio" y que se efectuó bajo la conducción del General Humberto Gamboa, General en Jefe de las Fuerzas Armadas. Durante ésta llamada "Batalla de Santiago", por ejemplo, hubo incidentes que originaron la muerte de varios ciudadanos inocentes, gran cantidad de arrestos, rumoreados fusilamientos detrás del Ministerio de Defensa, en la Plaza Bulnes de Santiago, derrame de sangre popular y estudiantil, en un Estado de Sitio que duró casi una semana. La Cárcel de Santiago retuvo, por muchos años, a varios individuos acusados por el sólo hecho de sospecharse llevando paquetes misteriosos en un lugar que nunca especificaron las autoridades del caso, a una hora incierta y definitivamente en un momento equivocado para el pobre infelíz, según se comprobó más adelante en una investigación que le costó su carrera a varios generales chilenos.
Pero debemos aclarar, aquí, que un alto porcentaje de estos arrestos fueron justificados y que tanto las sentencias como las encarcelamientos en un gran numero de casos, fueron justos y correspondieron a las fijadas por el Código Penal. ¿Después?
Pues
después, vino el caso del Presidente Socialista Don Salvador Allende Gossens, quién murió misteriosamente durante una de las revoluciones que la mayoría de los gobiernos, autoridades sociales y periodistas extranjeros, consideraron como una de las más sangrientas revueltas dentro de la historia cívica chilena.
Todo se inició cuando el General de Ejército Augusto Pinochet Ugarte, siguiendo un alegado pedido de ciertas Amas de Casa capitalinas, en el llamado "Desfile de las Ollas", ordenó la toma militar de todas las oficinas gubernamentales la República, aplicó la Ley Marcial en las ciudades más importantes de la Nación y, finalmente, ordenó el ataque aéreo a La Moneda causando, como resultado primordial, la muerte del primer presidente socialista elegido por votación pública. Por cerca de dos décadas, la Nación vivió un estado repleto de especulaciones, arrestos, persecuciones políticas masivas, desapariciones de dirigentes izquierdistas y un alto número de muertos, dentro y fuera de Chile, amén de miles de exilados en todo el mundo.
Ante la presión popular chilena, como también la de varios gobiernos extranjeros, el General Pinochet aceptó entregar, finalmente, la Primera Magistratura chilena durante una elección pública, no sin antes exigir su permanencia en el Poder Legislativo, auto declarándose Senador Vitalicio.
N. DEL A. Lo que se presenta a continuacion es un relato vivo, basado en la experiencia del entonces joven periodista que hoy describe sus pormenores. Es necesario agregar que los nombres, cargos de funcionarios y algunos parlamentos que aparecen aqui, se han cambiado por el interes de la trama.
Pero, los hechos, siguen siendo veridicos.
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PROLOGO
Lunes 23 de Noviembre de 1954 09:41:11 horas.
La Plaza de Armas disfrutaba de una mañana primaveral y agradable, con su rutina de jubilados, lustradores de zapatos trabajando arduamente frente a los asientos de madera verde, vendedores de barquillos con sus tómbolas multicolores, gran cantidad de gente haciendo su tediosa cola a la espera de tomar el Trolley para el Canal San Carlos, ancianos empujando sus humeantes carromatos construidos como buques mercantes que iban repletos de maní tostado, deliciosos pirulíes y aquellas inmensas substancias de Chillán, etc., etc. En fin, muchas otras escenas del andar cuotidiano en el corazon centrico del Gran Santiago.
Era la actividad normal de un día cualquiera.
En las esquinas de Catedral con Ahumada, los compradores salían felices y contentos de la elegante tienda por departamento "Los Gobelinos", cargados con paquetes e ilusiones de grandeza financiera. Por su parte, los negocios en el Portal Fernández Concha con sus hotdogs del Bahamondes, el Tente´npié de La Reina, la harina tostada de los pequeños kioscos orillando el interior del edificio, las farmacias, etc., etc., casi no tenían capacidad para atender a toda esa clientela que caminaba, entraba y salía de aquellos negocios repletos, buscando algo de comer, una ganga cualquiera, un engañito para su pareja y los chiquillos, un dulcecito chileno o, simplemente, un pasatiempo más.
La gente se paseaba como de costumbre por la concurrida y aún vehicular calle Ahumada; curioseaban por la calle Estado que, como siempre, estaba repleta de comercios con vitrinas atractrivas; caminaban apurados por Catedral, quizás para ir a "La Gallina" y comerse un sandwich de ave en cama de mayonesa y con su eterna tira delgada de pimentón rojo sobre el tierno pedazo de pollo; en Huérfanos, los empleados de las oficinas aparecían en la calle deseosos de ir a almorzar a sus casas o para buscar un restaurante adecuado a su acostumbrada colación.
En conjunto, todos hacían de ese martes un día más en la ajetreada vida del centro capitalino.
Nada hacía pensar que, a eso del mediodía, varios individuos desconocidos y poco usuarios del lugar, amén de verse extremadamente agitados por razones que nadie comprendió, ni siquiera años más tarde, salían misteriosamente desde cualquier parte y comenzaban a saltar como enloquecidos en los bancos desocupados de la plaza, en el segmento de Catedral, entre Ahumada y Estado. Por momentos, los que se lustraban sus zapatos o leían la recién salida edición de "Las Ultimas Noticias", ignoraron todo lo que sucedía pensando en que se trataba de unos cuantos rotos desagradables, bulliciosos y alocados. Nunca se les ocurrió, siquiera, suponer que se "atreverían" a crear dificultades mayores.
---" Total", expresó en voz alta, temeroso a ratos, un hombre que parecía huir rápidamente de la escandalosa escena, "vivimos en un país democrático en el que todos pasamos por el Patio de Los Naranjos cuando vamos de la Plaza Bulnes o a la de La Constitución". Iba hablando a media voz mientras caminaba a hurtadillas, con pequeños y casi silenciosos pasos, hacia la esquina de Huérfanos para tomar su micro al Barrio Alto. En todo caso, su declaración de capitalino parecía ser el concenso general de la época.
---"¡Y de´ajito ´e la cas'el Presi´ente.¡Eso si que's grande´iría yo!" le corroboró un lustrabotas, escuchándolo al pasar.
---" ¡Somos famosos por eso!", dijo un pituco.
---" El Presidente Alessandri caminaba con su perro, y hasta sin escolta, por el Parque Forestal y nunca nadie le hizo ni le dijo nada" agregó una señora canosa que pasaba por allí.
---" !Ay, m´ija!Si su hijo hasta se iba a pié de La Moneda al departamento que tenían en la calle Phillips", coreó una elegante jovencita que se aprovechaba del espectáculo para quitarle su puesto a un chiquillo que le miraba lividinosamente sus piernas, en la cola del Trolly a Bilbao.
Pero la realidad estaba a punto de cambiar radicalmente al tranquilo panorama capitalino y, por ende, a todas aquella opiniones.
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10:45:40 horas.
Hombres y mujeres mal vestidos, niños descalzos y harapientos, todos mezclados con grupos de aparentes universitarios de la clase media y supuestamente venidos de las universidades en la Alameda, dejaron de quebrar los asientos para lanzarse a la carrera por Catedral, doblar a la derecha en Estado y enfrentarse a un carabinero que, inocentemente, efectuaba su trabajo dirigiendo el tránsito desde su caseta de semáforo, al costado oriental de Moneda, junto a la Iglesia de Los Benedictinos.
¡Debían ser más de cien!
El uniformado comenzó a mostrarse nervioso. Colocó las luces de tránsito en automático y bajó de su puesto para investigar, de cerca, lo que sucedía de manera tan repentina y misteriosa. Caminó unos pasos hacia el centro de la calle. Cuando llegó a la mitad, fué encarado por unos cuarenta mal agestados que le gritaban toda clase de improperios.
---" ¡Paco desgracia'o!" bociferó un pelusa chico, mientras corría alrededor del uniformado.
---".¡Abusa´or¡.¡Asesino'e niños!" agregó una mujer de unos cuarenta años que aún vestía su delantal desteñido y roto.
---"....¡Infelíz! ¡Degenerado...¡" se escuchaba desde aquella muchedumbre descontrolada.
¡Nadie se lo había esperado!
Los transeúntes se asustaron. Algunas mujeres gritaron de espaldas contra la muralla. Otras, corrieron a esconderse. Casi todos los hombres parecían confundidos y algunos oficinistas, que al oir el bullicio, se asomaron desde una de las ventanas del edificio de tres pisos, se veían claramente indignados pero silencios. Porque los revoltosos les habían interrumpido su sagrada y muy esperada hora del almuerzo.
En una orilla de este maremagnum de violencia humana, una anciana parecía paralizada por los hechos, el ruido y la agitación general. De pronto, se encluquilló tomándose con ambas manos su cabeza canosa y, al agacharse, una hilera de orina le corrió por entre sus piernas delgadas y tiritonas, dejando una posa cerca de los talones de sus zapatos negros, viejos por el uso. Desde la puerta de una de las tiendas salió una jovencita a la carrera y, tomándola vigorozamente por su mano izquierda, la levantó casi en peso mientras le transportaba hasta guarecerla bajo un alero de la vitrina principal.
---" ¡Ay Dios mio!¡Canallas!¡Van a matar a esta pobre señora! Lárguense de una vez¡Bandoleros!¡Déjenla vivir tranquila!"
El carabinero caminó valientemente hacia pasado el centro de la calle. Obviamente, había perdido su paciencia.
---" ¡ A vera ver¡ ¿Que´s lo que pasa aquí!?" dijo con cierta autoridad, enfrentándose a una porción de gañanes que gritaban desaforadamente, agrupados y desfiantes. El número iba aumentando por segundos.
---" ¡ Cállate paco maricón¡", le insultó un enano que, de inmediato, se largó a correr, tastabillando y cubriéndose con sus pequeñas manos la desproporcionada cabeza. Se veía temeroso del palo imaginario que el uniformado le daría para callar su insolencia. Le había sucedido otras veces.
En la cara de indignado que se le dibujó, como defensa ineludible para esconder su miedo, se le creó un sentido de falsa autoridad. Dejó traslucir aquel pánico que más de un oficial le infringió en su mente, hoy en estado paranoico, cuando en la trayectoria de su entrenamiento le implantaron aquella disciplina repleta de insultos, gritos y absoluta carencia de respeto a su dignidad humana. No era otra cosa que la característica y el requerimiento acostumbrado en el trato a que eran expuestos los paramilitares de la epoca.
Un pililo, que estaba cerca, no pudo evitar aquella vieja parodia que usaban los niños para impresionar a sus amigotes. La costumbre decía que el chico, o actor del enfrentamiento, debía acercarse al uniformado y mentarle la madre delante de todo el mundo o, mejor dicho, decirle una cochinada más o menos poderoza. Pero, la realidad de las cosas era que el muchacho se acercaba con modales de violencia y le preguntaba la horapor ejemploo le decía algo simpático, a lo que el carabinero siempre le respondía, haciéndole a un lado con un gesto de indignación o, simplemente, un pequeño empujón de majadero. Era una cosa sabida por todosincluyendo a los carabineros mismos.
--- "¡Papa, lechuga y tomáte!" le gritó con su mejor cara de indignación infantil. Por supuesto que el uniformado continuó con aquella tradición y le dió el correspodiente empujoncito.
Sinembargo, dos agitadores que observaban de adredes aquella escena, notaron de inmediato lo que sucedía. Sin siquiera darse el tiempo para interpretar sanamente el acto amistoso de aquel uniformado, se acercaron con mala intencón, sus puños en alto, desafiantes y mal intencionados. Uno de ellos lo empujó a tiempo que lanzaba otras grocerías de mayor calibre.
--- "¡Paco hijo´e puta!" le dijo uno.
--- "¡Abusador de mierda!" le siguió el otro.
El uniformado cayó al pavimento, donde fué duramente golpeado en la cara. Inmediata y casi inconcientemente, el ofendido sacó su revólver de servicio. De la funda blanca, identificándole como hombre de tránsito, levantó amenazadoramente su arma para detener la acción y conseguir unos segundos que le permitieran reorganizarse.
---" ¡Cuidado que va a disparar!", gritó alguien desde la acera de enfrente, originando con ello el total desequilibrio entre los agitadores y observadores. Muchos corrieron, otros se lanzaron de boca al pavimento, algunas mujeres se escondieron tras un farol, todos se echaron unos pasos hacia atrás. Con ello, el policía consiguió levantarse para enfrentarse por primera vez a sus asaltantes. Con pistola en mano, pidió ayuda a gritos pero, en fracciones de segundos, se vió nuevamente rodeado por esos misteriosos agitadores salidos denadie sabia de dónde!
Tratando violentamente de quitarle el arma, lo tomaron por las manos, le empujaron y un grupo le cayó encima tirándolo nuevamente de espaldas contra el suelo. ¡Hubo una feróz patada loca de alguien que escapó! Pero antes de irse, le dió otro zapatazo en la cabeza haciendo brotar la primera sangre en aquel encuentro. Adolorido, el carabinero trató de defenderse pero le fué casi imposible.
En medio de ésta turbulenta escena de miedo, gritos, amenazas y violencia por doquier, otro de los individuos le quitó su revólver, sólo para dispararle un tiro a boca de jarro.
¡BANG!
Todos arrancaron hacia las diferentes veredas. El uniformado cayó al pavimento con sus manos epretándose fuertemente el pecho. Se hizo un silencio casi sepulcral.
¡Y allí quedó!
Boca arriba a medio estirar, con sus brazos abiertos como si estuviese en una cruz retorcida, solo, y en el centro de aquel anfiteatro de culpables que huían cobardemente para todos lados.
La bala había ido a parar bajo su chapa de servicio.
En medio de la paralización momentánea de todos los presentes, el que había disparado se colocó fríamente el arma bajo su chaqueta y caminó tranquilamente hacia la Iglesia de Los Domínicos. ¡Como si nada hubiese pasado! Cuando estuvo a una distancia prudente, corrió a todo lo que le daban sus piernas y a toda velocidad, simplemente, se perdió entre los mirones.
Fué en ese mismo momento cuando el cañon del Cerro Santa Lucía daba las doce del día.
La multitud se veía un tanto desconcertada pero, como favoreciendo a cualquier plan destinado a controlar a los protestadores, todos permanecieron en un radio relativamente cercano al cadáver del carabinero. Muchos gritaban sin ton ni son, algunos alzaban su puño derecho al blasfemar sin misericordia, otros callaban dudosos al ver que varios demostradores se dirigían con malas intenciones y rápidamente hacia las tiendas cercanas. Y en efecto, en cuestión de segundos, dos o tres felones con sendos garrotes en sus diestras, se lanzaron contra una de las vitrinas para quebrarlas de un solo palo. Se hizo un mini-segundo de silencio mientras los mirones observaban como el escaparate se hacía trizas inmediatamente después de esucharse la explosión que producen contra el garrote las millares de particulas resquebrajadas por su impacto.
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NOTA DEL AUTOR.
El cuento que relataré a continuación, quiero dedicárselo a todos los periodistas chilenos que, en una época muy importante de mi vida profesional, compartieron mis aventuras y dificultades de ésta extraordinaria profesión.
Quiero dedicarselo especialmente, también, a los redactores Manuel Cabieses Donoso, Carlos Jorquera Tolosa, Alberto Gamboa y a J. Pizarro. conjuntamente con mis reporteros gráficos Cifuentes y Ferreira.
Finalmente, a todos los trabajadores de los difuntos diarios La Tribuna, La Gaceta, Ultima Hora y Clarín. |



12:23:18 horas.
Fué casi en esos mismos momentos que, quizás avisados por alguien mirando desde una de las tantas ventanas altas, llegaban bulliciosamente ocho radiopatrullas, dos ambulancias y un inmenso camión llevando a casi un destacamento completo de carabineros proveniente de la Primera Comisaría, en calles Santo Domingo con McIver, y desde la Prefectura General de Carabineros, situada frente a La Moneda y el Seguro Obligatorio, en la Plaza de la Constitución, dos cuadras más abajo.
Como por acto de magia la multitud se detuvo en sus lugares, cada uno en su sitio, paralogizados, quizás. Fracciones de segundos más tarde la masa humana comenzó a reaccionar nuevamente. Lo hicieron casi como en cámara lenta, abriéndose cual un abanico andaluz en cuya base iba quedando un gran espacio para dejar al cadáver en su centro. Quienes estaban a las orillas de aquel fenómeno originado por la llegada de la justicia, se desprendieron del grupo arrancando desafordamente hacia la Plaza de Armas y las calles conlindantes al sitio del espectáculo. Los vehículos policiales se estacionaron con gran bulla de sirenas. Dos de ellos se colocaron en la intersección del sitio de los hechos, otros dos se ubicaron en las esquinas previas, mientras que los demás coches y otros cuatro aislaron totalmente a las dos cuadras alrededor del perímetro del homicidio. Un médico y una enfermera que venían en la Asistencia Pública, se encargaron de atender al Carabinero caído y, al verlo, inmediatamente le informaron al Capitán Ernesto Dávalos Cifuentes que su subalterno había sido muerto por una bala en el pecho y, quizás también,a consecuencia de la serie de heridas en la cara y otras partes del cuerpo. Antes de llevarse el cadáver, le manifestaron que tendrían un informe completo al final del día"si es que era posible, dadas las circunstancias", dijeron.
Inmediatamente después de haberse detenido el camión, los carabineros recién llegados recorrieron rápidamente a ambos lados de la calle Huérfanos, mientras otro grupo hacía lo mismo, a lo largo de Estado y sus cuadras adyacentes. Con la extraordinaria rapidéz que otorgan los entrenamientos, la policía perseguió a varios individuos que consideraron peligrosos, sospechosos o, simplemente, porque estaban curioseando en la periferia del cadáver.
Debieron haber pasado unos cuantos minutos desde que la policía hiciera acto de presencia para iniciar el control de la revuelta. Ante la espectativa de quienes observaban por las ventanas de las oficinas adyacentes, dos inmensos "Huanacos", aquellos camiones aguateros portadores de un colorante identificador, hicieron su magestuosa aparición al inicio de la calle Estado, viniendo por la Alameda. Metros antes de llegar al tumulto, escupieron un líquido rojo que empapó a todos los que se encontraban en su cercanía.
La reacción fué inmediata.
¡Sálvese quién pueda! Y así fué.
13:20:16 horas.
Cerca de mas de un centenar de arrestados más tarde, aparecieron otros tres camiones militares llevando al personal suficiente como para acordonar el sector y permitir que los carabineros empezaran sus interrogatorios masivos. Seguidamente, se procedió al transporte de arrestados empujandolos en una media docena de camiones militares y otra docena de Juanitos policiales que aparecieron en la escena, casi unos tres minutos más tarde. Aparentemente, y desde el punto de vista represivo, la situación parecía haber sido totalmente controlada
Pero eso no fué todo porque, trás los primeros elementos del Regimiento Buin, aparecieron otros tantos más y en cuestión de menos de media hora, se escuchó al primer tanque que entraba ruidosamente por Estado, desde La Alameda, seguido por un gran número de conscriptos en sus ropas de campaña y con sus armas dirigidas a la población. Los observaban extrañados. Nunca pensaron en una acción tan rápida, tan unificada, perfectamente planificada. Era como si se tratáse de una batalla napoleónica. Actos similares aislaron de inmediato a casi todo el centro capitalino. Así entónces, casi a las 14:05 de la tarde, nadie podía entrar ni salir del sector establecido por el Ministerio de Defensa.
El Centro del Gran Santiago, estaba en pleno
"Estado de Sitio"
Pese a ser la hora en que todos los empleados de las oficinas salían a sus típicamente bulliciosa "Hora de Almuerzo", quedándose algunos en los restaurantes céntricos y otros tomando, sin prisa alguna micro para viajar a casa, había un profundo silencio en todo el corazón de la ciudad.
---" Una multitud desconocida asesinó esta mañana, casi al llegar el mediodía, a un Carabinero de Tránsito sirviendo el semáforo en las esquinas de" decía un locutor del Diario de la Cooperativa Vitalicia, transmitiendo los primeros detalles de lo que misteriosamente estaba ocurriendo.
---" Pocos momentos después de efectuarse el incidente, las fuerzas policiales y unidades del ejército transportadas en camiones, se trasladaron hasta el sitio del suceso para controlar la situación con "Huanacos" y" La voz venía desde una pequeña radio de bolsillo portada por un transeúnte a pocos pasos del suceso.
De pronto, todas las calles regresaron casi al silencio total.
Parecía que alguien jugaba mágicamente con los pocos peatones habidos en el lugar. En los próximos minutos, se registró un extraño fenómeno. De pronto había un extraño silencio entre la multitud de mirones. Luego una estruendosa bulla seguida por otros segundos de silencio. Bulla y silencio. Muchos de los presentes se veían confundidos. Algo extraño pasaba. Porque al venir el silencio, muchos de ellos corrían apresudamente hacia la esquina para toparse de frente con el cordón de carabineros y militares. Al segundo siguiente, cuando llegaba el bullicio, todos regresaban a sus puestos originales y viceversa. Parecían animales acorralados dentro de un espacio de cordones imaginarios en cada punta de la manifestación. En ese instante, nadie sabía de lo que estaba pasando. Al final del día y hasta la en la actualidad, nadie supo. Y hasta siempre, nadie lo sabrá.
Algo inexplicableverdad?.
Ahora bien, el hombre que aún portaba su pequeña radio de transistores se detuvo por un momento para escuchar a la voz de otro locutor, a quién identificó de inmediato por ser algo que siempre seguía a este tipo de situaciones..
---" A contar de este momento, ésta estación se une a la Cadena Nacional de Emisoras."
Silencio.
---" ¡Muy buenas tardes! Transmite.la Dirección General de Informaciones del Estado"
La "Batalla de Santiago," comenzaba ¡OFICIALMENTE!
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15:16:29 horas.
Desde el momento en que el Ejército ocupó las calles céntricas de la Capital, la población sufrió un total desconcierto. Al llegar el fin de aquella jornada de trabajo, casi todos salieron con mucha cautela a las calles para obtener noticias frescas de lo que estaba sucediendo pero, lo único que encontraron fué violencia, peligro e irritantes dificultades para movilizarse a cualquier sitio.
La presencia excesiva de personas en el centro, creaba una seria dificultad de movilización pública, no solo para quienes querían regresar a sus hogares sino que, muy en especial, para quienes manejaban la parte logística del problema. Esta dificultad consistía, lógicamente, en que a mayor número de individuos en las arterias principales del Gran Santiago, se hacía cada vez más complicado controlar a los causantes de los diversos disturbios que minuto a minuto iban ocurriendo en toda la ciudad.
Así las cosas, llegado el atardecer de ese primer día, los oficinistas comenzaron a regresar a sus casas usando cualquier medio de transportación disponible. Ya fuese colectiva, porque se permitio el transito de algunos buses y trolleys para evitar el caos total, o privada, gracias a los propietarios de vehículos que viajaron hasta a sus oficinas en sus propios cochescomo lo hacían todos los días del año. En todo caso, la mayoria de los santiaguinos tuvieron que caminar de una manera u otra. Los que iban para el Barrio Alto, se fueron a pié hasta un poco más allá de la Plaza Baquedano. Los que iban al oeste, bajaron hasta Avenida España. Los del sur, hasta Avenida Matta. Y por el norte el Río Mapocho donde estaban estacionados los buses que no se permitieron en el centro.
Y cuando se hizo noche, las calles comenzaron a verse desoladas.
19:25:25 horas
La Fuerza Aérea ocupó toda la Alameda, desde Avenida España hasta Plaza Italia, instalando inmensos reflectores con los que la recorrían, a lo ancho y a lo largo. Estaba estrictamente prohibido atravezarla. Además, los ciudadanos con sentido común, en ningún caso se atrevían. Era peligroso en extremo. Los grandes focos permitían a los militares controlar totalmente la acción de los franco tiradores que ubicaron contra las murallas, en los techos y escondidos en las puertas de los edificios en toda la Avenida, desde Plaza Italia hasta Avenida España, buscando en sus miras a los aventureros que serían su blanco perfecto.
20:00:23 horas. Ministerio De Defensa, a un costado de la Plaza Bulnes.
Aquél jóven e inexperto teniente del Buin, esperaba nerviosamente la llegada del ascensor. Miraba de reojos a su sargento, su ayudante en éste caso, quién parecía estar enviándole mensajes de calma a cada movimiento de su cabeza
El carro llegó.
Dos militares en traje de campaña y armados hasta los dientes, les dejo ingresar al estrecho y simple vehículo. El que les permitió hacerlo, estiró marcialmente su brazo derecho y apretó el tercer botón. Se cerraron las puertas, el aparato subió lentamente hasta abrirlas nuevamente en aquel solitario, helado, largo y ancho pasillo del piso indicado. Allí, gracias a que fue avisado minutos antes, los esperaba formalmente el Capitán Arístides Mendoza y Lorca, un hombre delgado, bigotes estilo prusiano y cabellera firmemente alisada con alguna gomina barata.
---" ¿ Teniente Quintana, presumo?"
---" A su órden, mi Capitán. Me permito presentarle a mi ayudante, el Sargento Abraham Fuentes QuintanillaMi Capitán.?"
---" Mendoza, Teniente¡ Arístides Mendoza y Lorca!"
---" A sus órdenes, mi Capitán. Soy el Teniente Raimundo Ossa Bezoaín.
---" Perfecto, Tenienteetc.,etc. ¡Síganme los dos!"
Caminaron a tranco largo y militar hasta una de las oficinas del piso. Allí, al abrirse la puerta, el Teniente Ossa pudo saber que se encontraba frente al Comandante Carlos Alvaro Laredo Carvajal, Director de Informaciones del Servicio Secreto del Ejército chileno. Entraron. Se hicieron las presentaciones del caso y el Capitán Mendoza abandonó calladamente la sala.
20:25:13 horas.
En una de las oficinas del Ministerio de Defensa, en el mismo tercer piso, a tres puertas mas allá de la sala ocupada por el Jefe del Servicio Secreto, para ser exactos, el General Sebastián Clodomiro Aguero Montalbán, ex Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ex Director General de la Escuela Militar Bernardo O´Higgins y actual Ministro Defensa, se reunía con los oficiales encargados de la urgentemente creada e instalada comisión denominada "Operación Militar para la Defensa de los Sectores Céntricos y sus Barrios Paralelos". Su objetivo básico era hacer un análisis parcial de los problemas que habían o que podrían presentarse, de un momento a otro, en cualquiera de los barrios de Santiago; en forma muy especial, en aquellos que aparecían dentro de una lista de sitios peligrosos. Pero el verdadero propósito de la reunion consistía, según dijeron sus subalternos que les habían dicho que, al preparar la ocupación militar masiva de todos los barrios capitalinos para cuando fuese necesario, el General le dijo a su esposa Olga --- "¡ Ajá, mi querida Olga! Los militares chilenos siempre tenemos que estar preparados para las brabuconadas de los insurgentes capitalinos, jé, jé!"
Además del General Aguero, los siguientes siete Oficiales de alto rango se encontraban sentados en esa larga mesa de operaciones militares.
El Teniente Coronel Carlos Honorato Valdivieso, ex Director de Famae, la Fábrica de Material de Guerra del Ejército y encargado de controlar la Plaza Militar de Santiago por haberse recibido con honores distinguidos en la Escuela de Guerra de los Estados Unidos, en Washington, su capital.
El Almirante Julio Sosa Mandiola, uno de los más jóvenes egresados de la Escuela de Leyes de la Universidad de La Sorbone de París, Francia, actual Director General de la Escuela Naval Arturo Prat y ex Attaché Militar de la Embajada de Chile en Francia, con sede en París, durante el último año del período presidencial de Don Gabriel González Videla.
El Contra Almirante Rubén Esteban Bañados Altamirano, Jefe de la Armada Nacional y uno de los marinos más distinguidos del país con estudios internacionales y participación directa en los juegos navales con la Flota del Pacífico, de la Armada de los EE.UU., en cooperación con las Fuerzas Navales de Gran Bretaña.
El General Antonio Domingo Vasconcelos Ugarte, Jefe de la Fuerza Aerea chilena y ex Embajador de Chile en Londres, durante el primer año en el mandato presidencial del General Carlos Ibañez del Campo.
El Capitán de Navío Manuel Estay Risopatrón, representando a su Cuerpo de Artilleros de Marina, quién hizo su servicio militar norteamericano en los llamados "Hombres Ranas" de los US. Marine Corp., con sede en la ciudad de San Diego, California, durante su juventud y mientras su padre trabajaba como periodista en la División Iberoamericana de la de Radio de Naciones Unidas, en la ciudad de Nueva York. El General Prudencio Alegría Jorquera, General Director de Carabineros, el que representó a la policía chilena durante las Convenciónes Internacionales de la Policía Mundial en Nueva York, París, Milán, Amsterdam y Bruselas, respectivamente. El General (R) Víctor Vargas Campusano, Director General de Investigaciones, ocupando ese cargo a petición presidencial y al terminar su período como Embajador de Chile ante la Organización de Estados Americanos (OEA), con sede en Washington, Distrito de Columbia en la capital norteamericana.
Estaban totalmente solos, sin sirvientes ni ayudantes de grados menores. Al necesitar algo de beber, por ejemplo, tocaban un timbre y, de inmediato, aparecía un Sub Oicial especialmente entrenado para este tipo de situaciones. Porque el hombre no escuchaba nada, no veía nada ni sabía nada. Así, entónces, ordenaban lo apetecido.
En un momento dado, luego de tres pequeños golpes en la puerta, el Sub Oficial que hacía las veces de guardián y de mozo, pidió permiso para interrumpir y anunciar al Comandante Laredo Carvajal, Director del Departamento de Inteligencia Militar.
---" Gracias, Suboficial. ¡Puede retirarse!"
El indicado se cuadró enérgicamente maltratándose sus tobillos con un sonoro taconazo al estilo nazi, amén de castigarse la frente dandose un feróz aletazo en las cejas. Salió a pasitos cortos para dar paso al Oficial de marras.
---" Siéntese Laredo. No sé que diablos hace usted en esa oficina suya,Comandante. ¡Es aquí donde lo necesitamos!¿No le parece?"
---" Con el permiso de mi General."
---" ¡Díga de una vez, hombre!
---" Creo que tenemos serios problemas, mi General!"
---" Lo dificulto, Comandante Laredo, porque más de los que tenemos hasta ahora sería como demasiado. ¿No le parece?"
---" Posiblemente, Mi General, pero tengo informaciones traídas por un miembro de la Dirección de Inteligencia, diciéndonos que habrá una ocupación estudiantil del Cerro Santa Lucía."
---" ¡ De que diántres me está hablando..Comandante! ¿Cómo no me lo dijo antes?"
---"Es que recién obtuvimos la confirmación, mi General."
---" ¿ Cuántos terroristas?"
---" Unos cien insurgentes, mi General."
---" Lláme al Capitán Vargas y dígale que venga inmediatamente."
El hombre saludó, se retiró y, un minuto más tarde, regresó a la sala con el oficial solicitado.
---" Dicen que hay un amotinamiento estudiantil en el Cerro Santa Lucía. ¿Qué sabe de eso, Capitán?"
---" Parece ser así, mi General. ¡Dígame lo que debemos hacer!", manifestó haciendo sonar sus tacones. "Tengo un destacamento de hombres seleccionados especialmente para estos menesteres, mi General."
---" ¡Habrá que sacar de allí a los terroristas antes de que creen más problemas! No necesitamos estos tipos en las espalda de nuestros muchachos de la Fuerza Aérea destacados en la Alameda. ¡Sería fatal!...¿No le parece Capitán? Disponga de un ataque frontal, a bayoneta calada si es necesario y tómese de una vez por todas ese maldito Cerro¡Y a cualquier precio, Capitán!".
---" ¡ A su órden, mi General!".
---" Comandante Laredo, asegúrese que la acción tenga éxito...de lo contrario, avíseme para aplicar la lista de ocupaciones."
---" ¡ Inmediatamente, mi General!".
---" A la salida, mándeme al Capitán Prieto y al Comandante Alfaro. ¡Altiro, Laredo!
Dos minutos más tarde.
---" Capitán Prieto, llámese al Ministerio del Interior, al de Relaciones Exteriores y al Congreso, avisándoles de lo que vá a suceder. Comandante Alfaro, comuníqueme al momento con el Presidente."
Todas las órdenes se cumplieron de inmediato.
---" Ayudante, que me preparen la Sala de Guerra...!"
La situación se complicaba. Eran tan sólo las diez y media de la noche.
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En el Diario "LA TRIBUNA".
23:32:11 horas.
Todos los redactores funcionando en el entrepiso del Diario La Nación, al frente de La Moneda, de propiedad del periodista Rafael Fuentes Plaza, quién otrora creara el primer Servicio informativo chileno de carácter internacional, "La Agencia Copper", se encontraban en la redacción para comenzar a escribir las noticias del día.
Como sucedía siempre en todas estas salas, a esa hora de las ocho de la noche, había gran movimiento de personas ejecutando sus labores en silencio, automática, rápida y eficientemente. El ambiente estaba intoxicado por el humo de cigarrillos, habanos y pitillos que hasta dificultaban la vista de los trabajadores; matíces de café italiano mezclado con más de una aromática botella de Concha y Toro, el vino chileno más famoso del momento, amén del típico aroma del químico con que se revelan las fotografías, residuos del olor al plomo de las ancianas linotipias alemanas que desde aquellos viejos talleres, en el subterráneo, inundaban ahora a edificio entero.
Los redactores iban produciendo sus cuartillas en hojas de papel de diario.
EN EL DEPARTAMENTO DE FOTOS, sus fotógrafos trabajaban efusivamente revelando sus más recientes películas en la pieza obscura más moderna de la prensa nacional y un jóven aspirante a reportero recogía rápidamente las historias del día. Por su parte, el Jefe de Talleres caminaba ansiosamente, por entre los escritorios, buscando más de algun final a una noticia inconclusa que estaba casi lista para ir a la linotipia, en el inicio del proceso tipográfico.
EN LOS TALLERES, al término de todos el proceso anterior y en algo que el periodista conoce como "parar el material", es decir, todo ese montón de letras unidas entre sí para formar las palabras que momentáneamente se leerán patas p´arriba, su molde pasa al departamento de prensa. Allí, se las ubica bajo los títulares armados en pesadas letras individuales y de acuerdo al diseño de la página, hecho por el Jefe de Redacción, en base a lo que los reporteros enviaron previamente y por separado.
La última etapa era juntar éstos extraños artefactos en un solo bloque aprensado por fuertes orilladores, juntarlas con las planchas fotográficas, convertir todo ello en una hoja de plomo que más tarde será atornillada a los grandes tambores de la prensa, para rocearlas automáticamente con tinta negra e imprimirlas contra el papel que, al ser cortado sistemáticamente cada dos páginas, al final de la cinta portadora, se convierte en la edición matutina del diario.
DE REGRESO A LA REDACCION. Mientras tanto en su escritorio colocado sobre una tarima, al centro de la redacción misma con el proposito de ver a todos los redactores, el Jefe de Informaciones Alberto Calderón Gamboa, alias El Gatillo, diseñaba la primera y última página del matutino. Porque el resto, había sido despachado a los talleres horas antes.
--- "¡ Enrique, dáme el título de primera!", pidió a su ayudante, un jóven y enérgico periodista venido de Sopesur, la Sociedad Periodística del Sur, una cadena informativa sirviendo a los diarios al sur de la nación.
---" Creo que vamos a tener que esperar unos minutos, Jefe. Amunategui dice que tiene una nota de última hora que HAY que poner en primera.."
---" Y se puede saber por qué?"
---" Parece que los cabritos de la universidad se tomaron el Santa Lucía y los milicos lo´atacaron a bayoneta calada. No sé los detalles, Jefe, pero ¡Parece que hay una recachá´e muertos!
---" ¿ Y...ya tiene la información?"
---" Apenas la está despachando, pos Jefe. Hay fotos con soldados disparando, hay presos, hay cualquier cantidad de muertos....de todo un poco. Ferreira se las trae en unos minutos."
---" ¡ Macanú'o...!"
---" Parece que fué planeado por el Comando Unico que dirige el General ése¿Cómo es que se llama? No importa, la cosa es que hasta el Comandante Laredoése que acaba de llegar de la Escuela de Guerra en Estados Unidos pa´dirigir a los cagüineros misteriosos esos.está metido en la cuestión. Usaron quinientos conscriptos del Buin y del Tacna para subir a bayoneta calada hasta el Mirador".
---" ¿ Ya terminaron...?"
---" Hace como media hora. Se llevaron como a 300 cabros en camiones hasta el Ministerio de Defensa, según me dijo Amunategui hace un rato, Jefe."
Segundos más tarde, el redactor llegó hasta el escritorio del Jefe de Informaciones casi al instante en que el fotógrafo le entregaba su trabajo. El "Gatillo" Calderón las miró, las repasó rápidamente, escribió algunos datos detrás de cada una, las midió diagonalmente con su regla, sacó algunos cálculos, las numeró y se las entregó al jóven periodista.
---" Dame lectura de monos de no más de dos líneas¿Oíste, cabrito?y déjate de andar escribiendo letanías en las lecturas de fotos.¿Me oístecabro?", le dijo.
---" Altiro, Jefe. ¡Yno se me´noje, Gatillito de mi vida, porque le van a salir canas¡ usted sábe dónde! .¿Querí´s una llamá´pa´primera?"
---"Corta...corta...¡Cortísima, gallo! Máximo diez líneasy a doble espacio¡Yá´sabís!como siempre..."
Tres minutos después, el jóven profesional regresaba con el pedido. Todo el material bajó de urgencia a los talleres.
A la una y media de la madrugada, luego de pasar por todo el proceso de imprenta, el diario salía a su distribución nacional, comenzando por Santiago y alrededores, con las primeras noticias impresas sobre el Estado de Sitio, sus más importantes detalles, otras informaciones y sin las perennes "cabritas piluchas" de la última página, que eran su característica diraria.
¡A BAYONETA CALADA!
MILITARES SE TOMAN EL SANTA LUCIA.
decía el llamado a toda página, en letras individuales y pesadas, adornando la parte superior de una composición fotográfica dual que mostraba cadáveres de jóvenes mutilados, a la derecha, y militares con bayonetas subiendo dificultosamente el Cerro Santa Lucía, a la izquierda.
"¡MUERTOS, PRESOS POR CENTENARES!"
se leía más abajo, en grandes letras, a dos cuerpos.
"Arrestados en camiones al Ministerio de Defensa"
subtítulo inmediato.
Varias fotografías, con sus correpondientes lecturas y su respectivas llamadas de atención, para que el lector leyese el resto de la noticia en la última página con tan sólo dar vuelta el formato semi mercurial.
" Rumores de fusilamientos"
sobre la nota explicativa.
Esa primera edición contrarió totalmente los anuncios de las estaciones radiales de la Cadena Nacional. De paso, originó el cierre momentáneo del diario y el arresto inmediato del Director Responsable de "La Tribuna", que no era otra persona que uno de los mozos limpiando la redacción. Un procedimiento legal y rutinario de aquellos tiempos dificiles para la prensa nacional. El hombre gozaba de regalías salariales especialmente diseñadas para estos menesteres solamente.
Ahora, el público estaba realmente informado, aunque fuese por una sola vez, de lo que verdaderamente pasaba en ésta "Batalla de Santiago".
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